Venía del desasosiego de Madrid, de la polución, del ruido, de la prisa sin sentido contagiada... Al ir llegando a la costa, notó las pulsaciones bajándose, con tantos años de meditación en las sensaciones había desarrollado plena conciencia de ellas y las pudo sentir bajando poco a poco, podía contar la cantidad de ellas por minuto y cómo disminuían con más exactitud que la de un tensiómetro.
Aparcó frente a la linea 1 de bus, no podía acceder con su vehículo por ser zona protegida. No había nadie esperando y los puestos de recepción estaban cerrados a cal y canto. Pasaron tres o cuatro coches hacia el parque y decidió seguirlos allá donde fueran, con la duda de si el atrevimiento le iba a costar una buena multa
Acabó en la playa más grande de la reserva, de hecho era conocida como Playa Larga, de arenas rojizas y finas como la seda. Caminar por allí le parecío como ir flotando a la vez que una fuerte sensación de tocar tierra, como una sutil dualidad entre la cordura y la alucinación.
No había casi nadie, apenas una sombrilla divisaba al fondo, la humedad y salitre impregnaron sus pulmones, un chute que le hizo entrar más en el mood, el mood de la paz del mar, del sonido del oleaje, de la conexión... Sintió puro gozo, éxtasis y poco a poco se fue elevando con el suave frescor de la brisa acariciando su rostro, hasta finalmente desaparecer de la visión de los mortales. En ese momento el sol mostraba los primeros rayos en el levante. Él mismo se hizo luz, indistinguible y en unión con la del astro rey. No dual.

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