Se llamaba Edwin y regentaba el Son de Medellín, un antro en el centro de la ciudad en el que dos puertas seguidas de treinta centímetros de espesor daban paso a ese oscuro y sórdido pub, el mejor insonorizado de la ciudad... Sonaba una música de salsa puertorriqueña difícil de digerir para un rockero como yo pero ese ambiente lo encontraba tan singular. En Medellín no deberían ser muy diferentes. Desde el techo un aparato expulsaba un humo denso y fresco que activaba con un mando a distancia pero no debía ir bien pues Edwin no paraba de refunfuñar.
Eran casi las doce, soltó el mando de mala gana y se precipitó a la barra para preparar las tapas, que consistían en un puñado de frutos secos mezclados con otro de gominolas. En la puerta del baño se leía un cartel en un folio dinA4: "prohibido el consumo de drogas". Me acerqué a la barra y le pedí la cerveza de rigor, rápido me puso la tapa a sabiendas de mi adicción a los manises. Las copas era mejor no pedirlas, todas tenían el mismo sabor a garrafón, un ron sabía igual que un whisky. Lo curioso es que te lo servía con un dosificador como si te estuviera vendiendo perfumes de el Cairo, ¡hay que tener cara!. Bueno, pero ahí estaba yo, con mi cerveza mahou, 100% fabricada con la gloriosa agua de Madrid, otro engaño pensar que tenemos la mejor del país, pensé, en fin:
- ¿Qué tal Edwin, no te vas de vacaciones?
- Sí, hace una semana, estuve en Setenil de las Bodegas, ¿lo conoces?
- Pues no, la verdad, he oído hablar de que es pintoresco pero nunca estuve, tendrá buenos vinos con ese nombre.
Asintió con la cabeza a pesar de no tener ni idea de ese asunto, sacó su móvil del bolsillo y me enseñó las fotos más señeras del pueblo:
- Ah, pues sí que es bonito, habrá que ir.
- Y a tu país, Ecuador, ¿no vas?
- Cada vez que voy se me quitan las ganas de volver, es tanta la delincuencia que hay que no estás seguro en casi ningún sitio, ¡allí la vida no vale nada! -, apuntilló, acompañado con un gesto de desprecio.
Suspiré y le miré con entendimiento. A esto que el pub iba entrando personal de diversas procedencias, colombianos, ecuatorianos y dominicanos en su mayoría, tal como Edwin me advirtió. Un personaje con gorra de baseball y pegatina de holograma en la visera, pidió un cubo de no sé cuántas cervezas con enormes piedras de hielo y se sentó, sacó el móvil y grabó un video poniendo caras raras y gestos con los dedos de las manos, mostrando el cubo a quien fuera.
Todo pasó muy rápido, llegaron dos chicos de negro corriendo, sabiendo a lo que iban, se dirigieron hacia él y el más bajo le pegó tres disparos seguidos en el pecho. El otro saltaba por la agitación como un mono y salieron pitando del local sin poner los pies en el suelo. A Edwin no se le ocurrió otra cosa que gritar:
- ¡¡NOOOOO, GUAAA YAAAA QUUIIIIIIIIIIL!!
Edpukazn, a 11 de agosto de 2026.




