martes, 22 de septiembre de 2026

La hora del yo virtual

 Cada vez que recordaba a su yo melancólico perdido le daba por llorar, ahora ya no era él. Ahora era otro, el que la fuerza de la supervivencia le había obligado a endurecer porque el otro, el melancólico, lo habría terminado matando, así que decidió matarlo primero. ¿ Acaso no morían así los románticos ?.

Al menos en público. A solas se dejaban coquetear de vez en cuando.

Abrió la cuenta de X para soltar la lengua y repartir crítica feroz, aquello le inflaba el ego y le daba la sensación de estar presente, de existir.

Finalmente, miró el reloj de la habitación. Había llegado la hora de matar también al yo virtual.



Edpukazn, a 22 de septiembre de 2026.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Septembrinas

 Amaneceres en Calnegre,

atardeceres por El Toyo.


Antonio me cuenta sus amores,

Franceline, sus desamores.


El primo Juan está en las últimas

y a Loli ya ni se la oye:

se le apagó la voz...


La hoja se tornó amarilla

y, finalmente, seca,

caerá al suelo...


Y yo pasaré aquí esta noche,

y mi vida entera pasará,

en otro desvelo.


Edpukazn a 14 de septiembre de 2026.

lunes, 7 de septiembre de 2026

No dual

 Venía del desasosiego de Madrid, de la polución, del ruido, de la prisa contagiada... A medida que se aproximaba a la costa, notó cómo le bajaban las pulsaciones. Tras tantos años de meditación en las sensaciones había desarrollado plena conciencia de ellas; podía sentirlas descender poco a poco, casi contarlas, una a una por minuto, con la exactitud de un tensiómetro. 

Aparcó frente a la parada de la línea 1 del bus. No podía acceder con su vehículo por ser zona protegida. No había nadie esperando y los puestos de recepción estaban cerrados a cal y canto. Pasaron tres o cuatro coches en dirección al parque y decidió seguirlos, allá donde fueran, con la duda de si el atrevimiento le iba a costar una multa.


Acabó en la playa más grande de la reserva, la conocida como Playa Larga, de arenas rojizas y finas como la seda que se le entremezclaban entre los dedos de los pies. Caminar por allí era como ir flotando y, a la vez, tocar tierra con fuerza. Una sutil dualidad entre la vigilia, la presencia y el estar dentro de un sueño en el que todo es posible.
 
No había casi nadie. Apenas se divisaba una sombrilla al fondo. La humedad y el salitre le impregnaron los pulmones, un chute que lo metió de lleno en ese estado: el sosiego del mar, el de la profunda conexión... Sintió puro gozo y, poco a poco, se fue elevando con el frescor de la brisa en el rostro, hasta desaparecer de la vista de los mortales.
 
En ese momento el sol asomaba los primeros rayos por el este.

Él mismo se hizo luz, indistinguible y en unión con la del sol.


No dual.



Edpukazn, a 7 de septiembre de 2026.

viernes, 21 de agosto de 2026

Tombaugh Regio

Ese pequeño que llaman Plutón,
cercas tu cálido corazón, Tombaugh Regio, con escudo de hielo,
maestro de cambios y transformación,
simbolizas la muerte del ego y de la pasión.
Tienes cinco lunas; el guía Caronte es la mayor.



Estás entre la vida y la muerte, guía de los seres hacia el más allá,
la liberación,
gobernador de profundos secretos,
sacas luz de entre las tinieblas,
liberas los miedos, los traumas,
sueltas apegos enfermizos,
eres verdadera fuerza interior.



Transformas el sufrimiento en perfecta sabiduría.
Ante ti me postro, ¡oh, Plutón!


  Edpukazn, a 21 de agosto de 2026.

martes, 11 de agosto de 2026

El son de Medellín


Se llamaba Edwin y regentaba el Son de Medellín. Un antro en el centro, escondido tras dos puertas de treinta centímetros de espesor que daban paso a un pub oscuro y sórdido, el mejor insonorizado de la ciudad.


Dentro sonaba una salsa puertorriqueña imposible de digerir para un rockero como yo, pero precisamente por eso me gustaba. Era tan singular. En Medellín no debía de ser muy diferente.


Del techo colgaba una máquina que desparramaba un humo denso y fresco. Edwin la activaba con un mando a distancia que no terminaba de funcionar. Refunfuñaba entre dientes, le daba golpes, la miraba como si fuera a pedirle explicaciones.


Eran casi las doce. Al final soltó el mando de mala gana y se fue a la barra a preparar las tapas: un puñado de frutos secos mezclado con otro de gominolas. En la puerta del baño, un folio en DIN A4: «Prohibido el consumo de drogas».


Me acerqué y pedí la de rigor. Me conocía. Enseguida me puso delante mi ración de manises.


Las copas era mejor ni pedirlas. Todas sabían a garrafón, el ron igual que el whisky. Lo curioso era el dosificador, lo usaba como si te estuviera vendiendo perfume de El Cairo. Había que tener cara. Pero ahí estaba yo, con mi Mahou — 100% fabricada con la gloriosa agua de Madrid, otro de nuestros autoengaños —.



— ¿Qué tal, Edwin? ¿No te vas de vacaciones?


— Sí. Hace una semana estuve en Setenil de las Bodegas. ¿Lo conoces?


— Solo de oídas. Dicen que es muy pintoresco. Con ese nombre, tiene que tener buen vino.


Asintió sin tener ni idea. Sacó el móvil y me enseñó las fotos más señeras del pueblo.


— Ah, pues sí que es bonito. Habrá que ir.


— ¿Y tú? ¿A Ecuador no vas?


— Cada vez que voy se me quitan las ganas de volver. Hay tanta delincuencia que no estás seguro en ningún sitio. Allí la vida no vale nada — apostilló con un gesto de desprecio.



Suspiré. Le entendía.


A esa hora el local se iba llenando. Colombianos, ecuatorianos, dominicanos, tal como me había advertido Edwin. Entre ellos, un chaval con gorra de béisbol y la pegatina de holograma aún en la visera. Pidió un cubo de cervezas con cuatro piedras de hielo enormes, se sentó, sacó el móvil y empezó a grabarse. Morritos, dedos en V, enseñando el cubo a vete a saber quien.


Todo pasó muy rápido.


Entraron dos chicos vestidos de negro. Corriendo. Sabiendo a lo que iban.


Fueron directos hacia él. El más bajo ni se paró: tres disparos secos en el pecho. Pam. Pam. Pam. El otro botaba a su lado, nervioso como un mono, mirando a todos y a nadie.


Y se fueron. Salieron pitando sin tocar el suelo.


Se hizo un silencio espeso, de esos que deja el humo de la máquina suspendido en el aire. Y entonces, a Edwin no se le ocurrió otra cosa que gritar:


— ¡¡NOOOOO, GUAAA, YAAAA, QUUIIIIIL!!


Edpukazn, a 11 de agosto de 2026.