domingo, 1 de diciembre de 2024

El bar de Abdu

El bueno de Abdu le prepara la shisha a Fátima en su bar del downtown, en la calle Hussein Basha Al Meamari, en El Cairo. Son las 16:55.

De fondo, la megafonía del magreb llama a la oración y llena la escena de sacralidad. Abdu es un hombre sereno, elegante, profesional hasta la médula. Concentrado en lo suyo: servir tés, cafés, encender shishas. Entre sus clientes hay ejecutivos trajeados, lo que contrasta con la humildad franca del local. Pero se entiende. Abdu desprende una paz que es el verdadero reclamo, un respiro en esta ciudad desquiciante.

Enfrente, un hombre jorobado con taqiyah y gafitas de lector coloca cubos rellenos de cemento para que no aparquen los coches y saluda a todo el que pasa. Se mueve como una ardilla. Es un jubilado y su oficio, autoimpuesto, es mantener impoluta esa porción de calle. Ante el más mínimo desorden, pone el grito en el cielo, ya sea para sí mismo o para Alá. Solo aparece por las mañanas, como Abdu, al que releva al atardecer el nubio Mohamed hasta las tres de la madrugada, hora del cierre.

Fátima da una calada larga y enérgica a la shisha. Disfruta del borboteo del agua, de verse envuelta en esa nube espesa de humo y vapor. Es su gran apego, un ritual que repite cuatro veces al día. Sobre las rodillas sostiene el otro: Gugu, su perro del faraón. Tres meses. Una criatura que se debate ahora entre una vida de peligros en El Cairo y otra de chimenea y carantoñas en la lejana Huesca. A Fátima se le escapan las lágrimas ante la pérdida inminente, pero sabe que es lo mejor que puede hacer por él; en casa, el resto de la manada no acepta al pequeño faraón.

Abdu lo intuye todo. Sin decir nada, le prepara otro té con menta a Fátima. Esta vez no piensa cobrarlo.


Edpukazn, a 1 de diciembre de 2024.

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