Antonio muy rara vez hablaba, cabizbajo y con su bigote tupido de los ochenta, trasteaba en el móvil hasta que entraba algún cliente y al verle, abría el arcón frigorífico, palpaba en el interior buscando la cerveza más fría, le retiraba el hielo adherido y prendía una de esas mini tapas en las que apenas se percibía rastro de jamón, foie o tortilla procesada. Pese a lo raquítico del lugar, para Marcelino era su bendita rutina, la cruda realidad.
Edpukzan, 17 de noviembre de 2025.

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