— ¡Joputa, me has cortao!
— ¡Qué dices, chaval, si no tiene casi filo, mira...
López, en un calentón, tiró el cuchillo por la corredera de la furgo sin mirar qué había detrás.
Así empezaba el día. En la furgo estábamos tres. Bosco flipando con los otros dos: López, católico de misa, habla recta y disciplina férrea; y Berna, que solo vive para el surf y fumar hierba, recién vuelto de Katmandú de hacer el hippie y con un currículum de tres semanas de repartidor en un Telepi de Aluche. No tenían nada que ver. Nada, salvo el surf. Pero igual con eso bastaba.
— ¡Hostia, está entrando Cotera! ¡Y Balvín!
— ¡Venga, vamos! — sentenció López.
Mal asunto. Si surfistas semipros se vienen desde Asturias expresamente a Gerra, es que el maretón que lleva dos días azotando el Noroeste es serio. Para Bosco, que no es de ese nivel, aquello sonaba a tormento.
Dos metros pasados. Olas que cierran y caen como guillotinas.
Se dice que una vez dentro la cosa siempre parece menos. Se metió detrás de López y Berna, usándolos de guía, para no perderlos camino al pico. Ellos iban como cohetes. Él, a brazadas de diésel del 95. Cada vez que emergían tras una espuma, los veía un metro más lejos. Se giró hacia el parking para mantener la línea. De momento, aguantaba.
Hasta que llegó a la rompiente.
Allí el pánico le agarró del pecho. Una de esas le podía partir la tabla o dejarlo clavado contra el fondo. Sabía que siempre se come alguna en esa zona. Se preparó para lo peor. Y llegó. Dos olas seguidas, las más grandes de la serie, le dieron los dos revolcones más severos de su vida. Lo dejaron sin aire, al límite.
Pensó en salir. Cogió aire como pudo y, con rabia, remó lo que le quedaba hasta pasar el pico, a la zona de calma.
Apoyó la cabeza en la tabla. Segundos. Quizás minutos. Cuando levantó la vista y buscó la costa, el parking ya no estaba donde lo había dejado. Se había desplazado cien metros a la derecha.
Esa fue la peor noticia del año.
No había amigos cerca. Volver remando era imposible. Había tardado más de lo que creía en llegar al pico y la corriente lo estaba llevando, recto, hacia la Punta de Peñaentera. Lo más complicado de toda esa costa.
— Hoy tienes faena, chaval — se dijo en voz alta.
Ya no tenía brazos ni para pedir auxilio. Remar a la orilla era inútil. Intentó calmarse. Hizo cuentas: tras la Punta, un kilómetro de costa abrupta y desconocida hasta el cabo de Oyambre. Después, la playa del Pájaro Amarillo. Resguardada. Su Pacífico particular después del cabo de Hornos. Se agarró a esa idea como un náufrago a su tabla y se dejó llevar en paralelo a la costa, rezando para que no le cazara ninguna ola. Con la mayor impotencia que había sentido en su vida.
Conocía a López. Sabía que ya le habría echado en falta y que, conociendo su nivel, habría salido a buscarle desde la orilla. Quizás ya habría avisado a Salvamento de San Vicente. Pero en su cabeza también se veía mar adentro, perdiendo la costa de vista. Se imaginaba el revuelo en la playa. El titular de El Diario Montañés al día siguiente: “Otro surfista rescatado en Oyambre”. Y el sablazo del rescate.
Remó como pudo. Poco a poco, la corriente lo llevaba. Por fin divisó el cabo de Oyambre. Las olas se suavizaban. La ría de la Rabia apareció al fondo como un oasis caribeño.
¿Cuánto tiempo había pasado? A él le parecieron tres horas.
Entonces alzó el cuello. Junto al camping, una ambulancia con los rotativos puestos. Y de repente, una moto de la Cruz Roja saltando por encima de una ola como un Sputnik, volando hacia él.
Estaba salvado.
— Viva España — balbuceó, exhausto.
Se agarró a una cuerda en la parte trasera de la moto tras un giro espectacular del conductor. No podía ni hablar. Solo mirar con agradecimiento y desesperación a la vez. El conductor, un surfista local, le gritó entre el traqueteo del motor:
— ¡¡Está Gerra muuuuy loca!! ¡¡Agárrate bien!!
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