Gredos en otoño es fascinante. Para Vanesa, la mejor época para asomarse a ese reducto natural sin la mano machacona del hombre encima.
Llegó con la furgo al camping de siempre. El recepcionista la reconoció tras el cristal, le levantó la barrera y le hizo un gesto con la mano: acomódate y luego pasas.
— ¿Dónde vas hoy, Vanesa?
— Al Puerto del Peón, si todo va bien.
— Buena elección. Pero vas a estar sola ahí arriba.
— Da igual. La llevo grabada.
Aparcó en el inicio de la ruta junto a un plástico negro, grande y holgado. Tapaba el cadáver de una vaca en plena descomposición. Torció el gesto, aceptó la bienvenida y tiró hacia arriba sin demora.
Apretó a buen ritmo los primeros kilómetros. El sol relumbraba con fuerza. En la primera poza no lo dudó: se quedó semidesnuda y se metió. Sabía que iba a ser un baño único.
Al salir, lo vio. Un nubarrón enorme cabalgando desde el norte. A galope. En minutos oscureció el cielo. Con el frío de la altura, fue como pasar del verano al invierno en menos de dos horas. Desde la ladera, un zorro joven la observaba ponerse el cortavientos.
Ya en lo alto, se quedó absorta.
Piedras ciclópeas, puestas de forma caótica, azarosa. Con el azote del viento, parecían las piezas de un tablero de ajedrez desperdigadas de un manotazo. Una seguía en pie, erguida. El peón que daba nombre a la cima. Otra, plana y casi perfectamente circular, parecía colocada a propósito, a resguardo del viento en la vertiente sur. La eligió. Era el sitio perfecto para descansar y meditar.
Las vistas de la vertiente sur eran increíblemente hermosas. Vanesa se llenó de gozo.
Cerró los ojos. Entró en samadhi. Profundo. Se soltó del espacio y del tiempo. Se sintió etérea, en bienaventuranza, con poderes. Liberada por completo del mundo material.
Y entonces lo decidió. Volvería sobrevolando. Las vistas desde arriba serían el remate perfecto a un día maravilloso.
Planeó de vuelta sobre Gredos, buscó una zona boscosa junto al Tormes para descender e hizo los últimos metros a pie hasta el camping.
Joaquín la esperaba en recepción.
— ¡Qué rápido, Vanesa! Le has dado mucha caña.
— Estaba oxidada — contestó ella, rebosante de alegría —. Necesitaba mover el esqueleto.
Edpukazn, a 8 de septiembre de 2024