sábado, 10 de agosto de 2024

Madrugar en Meñakoz

Para Jabo, ir a Uribe Kosta era regresar a los tiempos más pretéritos de la humanidad. Bastaba ver en la carretera el cartel del yacimiento de sílex y, más adelante, la colisión del Cantábrico contra aquella costa afilada y abrupta, para sentir que retrocedía miles y miles de años. Era uno de sus lugares sagrados, aunque apenas lo visitaba. Le quedaba demasiado lejos, allí abajo, en el sur. Hasta el nombre le parecía un conjuro exacto para aquel sitio: ¡Meñaaaakoz!

Llegó al anochecer. No encontró dónde aparcar la furgo. Rodeado de pedruscos, renunció a seguir buscando un sitio mejor y la dejó allí mismo, en medio de la maraña. No quería estresarse. Solo quería dormir y, al amanecer, salir con la cámara a cazar ese "momento mágico" del que hablan los fotógrafos como de un milagro breve. Un instante que él nunca había sabido reconocer.

No había nadie más. Finales de octubre, entre semana. Las olas, sin embargo, estaban aseguradas. No demasiado grandes, no machaconas. Justo su medida.

No fue una noche cómoda. Las piedras bajo las ruedas, la obligación de madrugar y, sobre todo, la inquietud de un baño que sabía arriesgado: una remada larguísima desde la orilla hasta la rompiente que quizá no se atrevería a completar si el mar subía. El rugido del Cantábrico golpeando la chapa de la furgo tampoco ayudaba. Logró serenarse con una sola idea: si no había nadie más en el agua, él tampoco entraría.

No necesitó alarma. Lo despertó esa voz clara y sin sonido del subconsciente:

— Eh. Despierta, si quieres esas fotos.

Cogió su vieja Pentax K10D y subió a un alto para buscar el encuadre. Todavía era más noche que día cuando los vio. Dos siluetas negras ya en el agua, ansiosas por la primera ola, con el mar planchado, sin una brizna de viento. Imposible.

En cuestión de minutos la luz empezó a abrirse. Y entonces lo vio. Sin buscarlo. Sin esperarlo. El momento mágico. Lo supo con una certeza absoluta que le atravesó el pecho. Más que mágico, divino, pensó. Y sin poder evitarlo, se le escapó una lágrima frente a aquella imagen inefable y sublime.

Duró un minuto. Minuto y medio, quizá. Extasiado, volvió a la furgo a cambiarse. La luz ya era otra, una luz cualquiera, de un día cualquiera. Pero el surco que le había dejado aquel instante lo mantuvo embriagado durante horas. Bajó a la orilla y remó. Fue una remada larga, pero mucho menos dura de lo que había temido, hasta llegar al pico donde ya esperaban tres.

Saludó con un leve cabeceo a uno de ellos. Un aupa silencioso.

Jabo era de Almería. Fueron sus amigos calés los que empezaron a llamarle Jabo en lugar de Javier, porque les resultaba más fácil de pronunciar. Y así se le quedó. Un nombre que, curiosamente, le hacía sentirse uno más allí, en el entorno vasco. Algo que le encantaba cuando tenía que presentarse.

Se giró hacia tierra y miró la pared inmensa del acantilado. Sintió entonces un agradecimiento profundo y repentino por estar allí, por ser testigo de aquella magnificencia. Unas ganas incontenibles de compartirlo con alguien. Y una extraña, inexplicable sensación de amistad hacia aquellos desconocidos de esa mañana; una amistad que, entre ola y ola, sentía devuelta.

No fue una sesión más. Fue una de esas improntas que, sin hacer ruido, le dan sentido a la vida.


Edpukazn, a 10 de agosto de 2024.

 

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