¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!. El mar es tu espejo; contemplas tu alma en el desarrollo infinito de su oleaje. Y tu espíritu, no es un abismo menos amargo.
¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!. El mar es tu espejo; contemplas tu alma en el desarrollo infinito de su oleaje. Y tu espíritu, no es un abismo menos amargo.
Ángel era así. Cualquier dolencia que para otro era nada, en él se multiplicaba por siete. Lo arrastraba desde niño. Lo que en otros eran dos o tres días de fiebre vírica, en él eran dos semanas. Aquella vez, al volver del asunto del Pirineo, se pasó dos meses a la sombra por una lumbociática con rectificación dorsal.
¿Qué era eso? Caminar tieso como un poste de la luz durante semanas. Mejoras tan lentas que eran imperceptibles. Aquello lo llevó a la desesperación.
Entonces encontró un sendero. A las afueras, pero cerca de casa. Flanqueado por pinos, quizás centenarios, que moría en lo que fue una edificación y dejó de ser. Ahora solo quedaba el vacío.
Salía al atardecer. El sendero no era gran cosa; más bien era mala cosa. Restos de escombro, tramos con olor nauseabundo a mamífero en descomposición, una cinta policial que aún recordaba un cadáver reciente. Y aun así, era lo más salvaje que tenía a mano. Él no era de parques atestados.
Al llegar al final, justo cuando caía el sol, se recostaba con cuidado sobre un montículo y miraba.
Algunos atardeceres eran normales. Otros, deprimentes. Otros, aún peores. Otros, esperanzadores. Algunos no tenían nombre. Y otros, solo algunos, eran la mejor medicina que ningún galeno supo darle jamás.
Edpukazn, a 23 agosto de 2024
Le llamaban el Sangre.
En su barrio natal todos lo conocían así, aunque ni su propia familia supo nunca por qué. No tenía mal carácter. Fue un trabajador no cualificado, pero cumplidor. Sin ambiciones. En la Guerra Civil tampoco destacó, ni para lo heroico ni para lo contrario. Una vez más, cumplió.
A los setenta y ocho le diagnosticaron demencia moderada. Le dio por acumular en una habitación, cajas y cajas de huevos de veinticuatro unidades. En otra, tantas revistas y periódicos que a veces la puerta no se podía ni abrir. Y sobre el televisor, un paño de fino encaje y, encima, una pastilla de jabón de manos impoluta. Dejando claro qué era lo más importante en su casa.
Sus hijas, para evitarle el ingreso psiquiátrico, le limpiaban la casa una vez por semana. Aprovechaban su ausencia para vaciar un poco aquellas habitaciones.
Aquella mañana volvió antes.
Las encontró en plena faena, sacando enseres. De repente sus ojos cambiaron. Un gesto de enajenación que nunca le habían visto. Corrió a la cocina y volvió con el cuchillo más grande y afilado que encontró.
Lo lanzó con toda su furia contra una caja de huevos. Lo clavó con tal energía que el cuchillo entero desapareció entre los huevos.
Las hermanas se miraron al unísono, descompuestas.
El Sangre había despertado.
Edpukazn, 19 de agosto de 2024.
Por el transistor, lejano y entrecortado, sonaba Pepe Pinto: "Toíto te lo consiento, menos faltarle a mi mare..."
En la salita, la abuela Chelo dirigía con apuro a su hija. Sobre la mesa, la vieja Singer familiar de los años cuarenta, en plena faena con una blusa. Hacía un calor sofocante. Y con la Primera Comunión del sobrino a la vuelta de la esquina, había que terminarla como fuera. Era el verano del 86.
— Cooorta más abajo, niña, que te vas a quedar sin teela... Cooorta... ¡yaa, ya!
— ¡Pero cómo voy a cortar más abajo! — saltó Marga, ya crispada —. ¡Si hemos medido aquí! A mí no me gustan tan largas, y menos con este calor. ¡No podemos estar corta que te corta toda la mañana! ¡Parece mentira! ¡De verdad que no sé cómo no lo ves!
Silencio de costura. Un segundo.
— Mira que es buena máquina la Singer, ¿eh? Nos salió buenísima — sentenció Chelo, dando por zanjada la discusión.
En el balcón, como si quisiera poner paz, el canario arrancó a cantar. Alegre, frenético, a todo volumen.
Y desde el sofá, el nieto, Joselu, no miraba la blusa. Miraba a su abuela. Absorto en sus gestos, en su mirada limpia, sin rastro de ira ni de resentimiento. Con esa sabiduría tranquila y ese regocijo de quien sabe que está viviendo sus últimos años con los suyos, y los está saboreando.
Edpukazn, a 17 de agosto de 2024.
Desde su primer contacto, Lamas se sintió atraído por el mar, si bien no convivió con él de forma continua demasiado tiempo: apenas una década intermitente, por cambios de destino laboral. Ya en su senectud, viajero incansable, allá donde fuera, si había mar cerca, se acercaba a pasar un rato con su viejo amigo, y si era en soledad, mejor.
Todo lo que se movía a su alrededor le inspiraba: las barcas y las gentes del mar, el canto de las aves, caminar descalzo por la arena —cuanto más compacta, mejor—, escudriñar entre los sedimentos que aparecían en las orillas, llegados de Dios sabe dónde... Escuchar el sonido del mar en sus innumerables tonalidades, el misterio que se urdía en el horizonte con un sinfín de rumbos e historias pasadas... Pero si había algo que lo hipnotizaba como una hoguera en invierno y con lo que se sentía en unidad, era el simple caer del labio de una ola en la orilla, cualquiera que fuese su tamaño o forma. Unos instantes que percibía como fotogramas separados y que le hacían sentir la atemporalidad, el infinito, lo no nacido... Quizá la manifestación más pretérita que aún puede observarse en la faz de la Tierra, pensaba.
Edpukazn, a 15 de agosto de 2024.
— ¡Joputa, me has cortao!
— ¡Qué dices, chaval, si no tiene casi filo, mira...
López, en un calentón, tiró el cuchillo por la corredera de la furgo sin mirar qué había detrás.
Así empezaba el día. En la furgo estábamos tres. Bosco flipando con los otros dos: López, católico de misa, habla recta y disciplina férrea; y Berna, que solo vive para el surf y fumar hierba, recién vuelto de Katmandú de hacer el hippie y con un currículum de tres semanas de repartidor en un Telepi de Aluche. No tenían nada que ver. Nada, salvo el surf. Pero igual con eso bastaba.
— ¡Hostia, está entrando Cotera! ¡Y Balvín!
— ¡Venga, vamos! — sentenció López.
Mal asunto. Si surfistas semipros se vienen desde Asturias expresamente a Gerra, es que el maretón que lleva dos días azotando el Noroeste es serio. Para Bosco, que no es de ese nivel, aquello sonaba a tormento.
Dos metros pasados. Olas que cierran y caen como guillotinas.
Se dice que una vez dentro la cosa siempre parece menos. Se metió detrás de López y Berna, usándolos de guía, para no perderlos camino al pico. Ellos iban como cohetes. Él, a brazadas de diésel del 95. Cada vez que emergían tras una espuma, los veía un metro más lejos. Se giró hacia el parking para mantener la línea. De momento, aguantaba.
Hasta que llegó a la rompiente.
Allí el pánico le agarró del pecho. Una de esas le podía partir la tabla o dejarlo clavado contra el fondo. Sabía que siempre se come alguna en esa zona. Se preparó para lo peor. Y llegó. Dos olas seguidas, las más grandes de la serie, le dieron los dos revolcones más severos de su vida. Lo dejaron sin aire, al límite.
Pensó en salir. Cogió aire como pudo y, con rabia, remó lo que le quedaba hasta pasar el pico, a la zona de calma.
Apoyó la cabeza en la tabla. Segundos. Quizás minutos. Cuando levantó la vista y buscó la costa, el parking ya no estaba donde lo había dejado. Se había desplazado cien metros a la derecha.
Esa fue la peor noticia del año.
No había amigos cerca. Volver remando era imposible. Había tardado más de lo que creía en llegar al pico y la corriente lo estaba llevando, recto, hacia la Punta de Peñaentera. Lo más complicado de toda esa costa.
— Hoy tienes faena, chaval — se dijo en voz alta.
Ya no tenía brazos ni para pedir auxilio. Remar a la orilla era inútil. Intentó calmarse. Hizo cuentas: tras la Punta, un kilómetro de costa abrupta y desconocida hasta el cabo de Oyambre. Después, la playa del Pájaro Amarillo. Resguardada. Su Pacífico particular después del cabo de Hornos. Se agarró a esa idea como un náufrago a su tabla y se dejó llevar en paralelo a la costa, rezando para que no le cazara ninguna ola. Con la mayor impotencia que había sentido en su vida.
Conocía a López. Sabía que ya le habría echado en falta y que, conociendo su nivel, habría salido a buscarle desde la orilla. Quizás ya habría avisado a Salvamento de San Vicente. Pero en su cabeza también se veía mar adentro, perdiendo la costa de vista. Se imaginaba el revuelo en la playa. El titular de El Diario Montañés al día siguiente: “Otro surfista rescatado en Oyambre”. Y el sablazo del rescate.
Remó como pudo. Poco a poco, la corriente lo llevaba. Por fin divisó el cabo de Oyambre. Las olas se suavizaban. La ría de la Rabia apareció al fondo como un oasis caribeño.
¿Cuánto tiempo había pasado? A él le parecieron tres horas.
Entonces alzó el cuello. Junto al camping, una ambulancia con los rotativos puestos. Y de repente, una moto de la Cruz Roja saltando por encima de una ola como un Sputnik, volando hacia él.
Estaba salvado.
— Viva España — balbuceó, exhausto.
Se agarró a una cuerda en la parte trasera de la moto tras un giro espectacular del conductor. No podía ni hablar. Solo mirar con agradecimiento y desesperación a la vez. El conductor, un surfista local, le gritó entre el traqueteo del motor:
— ¡¡Está Gerra muuuuy loca!! ¡¡Agárrate bien!!
Para Jabo, ir a Uribe Kosta era regresar a los tiempos más pretéritos de la humanidad. Bastaba ver en la carretera el cartel del yacimiento de sílex y, más adelante, la colisión del Cantábrico contra aquella costa afilada y abrupta, para sentir que retrocedía miles y miles de años. Era uno de sus lugares sagrados, aunque apenas lo visitaba. Le quedaba demasiado lejos, allí abajo, en el sur. Hasta el nombre le parecía un conjuro exacto para aquel sitio: ¡Meñaaaakoz!
Llegó al anochecer. No encontró dónde aparcar la furgo. Rodeado de pedruscos, renunció a seguir buscando un sitio mejor y la dejó allí mismo, en medio de la maraña. No quería estresarse. Solo quería dormir y, al amanecer, salir con la cámara a cazar ese "momento mágico" del que hablan los fotógrafos como de un milagro breve. Un instante que él nunca había sabido reconocer.
No había nadie más. Finales de octubre, entre semana. Las olas, sin embargo, estaban aseguradas. No demasiado grandes, no machaconas. Justo su medida.
No fue una noche cómoda. Las piedras bajo las ruedas, la obligación de madrugar y, sobre todo, la inquietud de un baño que sabía arriesgado: una remada larguísima desde la orilla hasta la rompiente que quizá no se atrevería a completar si el mar subía. El rugido del Cantábrico golpeando la chapa de la furgo tampoco ayudaba. Logró serenarse con una sola idea: si no había nadie más en el agua, él tampoco entraría.
No necesitó alarma. Lo despertó esa voz clara y sin sonido del subconsciente:
— Eh. Despierta, si quieres esas fotos.
Cogió su vieja Pentax K10D y subió a un alto para buscar el encuadre. Todavía era más noche que día cuando los vio. Dos siluetas negras ya en el agua, ansiosas por la primera ola, con el mar planchado, sin una brizna de viento. Imposible.
En cuestión de minutos la luz empezó a abrirse. Y entonces lo vio. Sin buscarlo. Sin esperarlo. El momento mágico. Lo supo con una certeza absoluta que le atravesó el pecho. Más que mágico, divino, pensó. Y sin poder evitarlo, se le escapó una lágrima frente a aquella imagen inefable y sublime.
Duró un minuto. Minuto y medio, quizá. Extasiado, volvió a la furgo a cambiarse. La luz ya era otra, una luz cualquiera, de un día cualquiera. Pero el surco que le había dejado aquel instante lo mantuvo embriagado durante horas. Bajó a la orilla y remó. Fue una remada larga, pero mucho menos dura de lo que había temido, hasta llegar al pico donde ya esperaban tres.
Saludó con un leve cabeceo a uno de ellos. Un aupa silencioso.
Jabo era de Almería. Fueron sus amigos calés los que empezaron a llamarle Jabo en lugar de Javier, porque les resultaba más fácil de pronunciar. Y así se le quedó. Un nombre que, curiosamente, le hacía sentirse uno más allí, en el entorno vasco. Algo que le encantaba cuando tenía que presentarse.
Se giró hacia tierra y miró la pared inmensa del acantilado. Sintió entonces un agradecimiento profundo y repentino por estar allí, por ser testigo de aquella magnificencia. Unas ganas incontenibles de compartirlo con alguien. Y una extraña, inexplicable sensación de amistad hacia aquellos desconocidos de esa mañana; una amistad que, entre ola y ola, sentía devuelta.
No fue una sesión más. Fue una de esas improntas que, sin hacer ruido, le dan sentido a la vida.
Edpukazn, a 10 de agosto de 2024.