Ángel era así. Cualquier dolencia que para otro era nada, en él se multiplicaba por siete. Lo arrastraba desde niño. Lo que en otros eran dos o tres días de fiebre vírica, en él eran dos semanas. Aquella vez, al volver del asunto del Pirineo, se pasó dos meses a la sombra por una lumbociática con rectificación dorsal.
¿Qué era eso? Caminar tieso como un poste de la luz durante semanas. Mejoras tan lentas que eran imperceptibles. Aquello lo llevó a la desesperación.
Entonces encontró un sendero. A las afueras, pero cerca de casa. Flanqueado por pinos, quizás centenarios, que moría en lo que fue una edificación y dejó de ser. Ahora solo quedaba el vacío.
Salía al atardecer. El sendero no era gran cosa; más bien era mala cosa. Restos de escombro, tramos con olor nauseabundo a mamífero en descomposición, una cinta policial que aún recordaba un cadáver reciente. Y aun así, era lo más salvaje que tenía a mano. Él no era de parques atestados.
Al llegar al final, justo cuando caía el sol, se recostaba con cuidado sobre un montículo y miraba.
Algunos atardeceres eran normales. Otros, deprimentes. Otros, aún peores. Otros, esperanzadores. Algunos no tenían nombre. Y otros, solo algunos, eran la mejor medicina que ningún galeno supo darle jamás.
Edpukazn, a 23 agosto de 2024
A veces la mejor medicina es estar a solas con uno mismo... para entenderse desde la compasión
ResponderEliminarPues sí, y no dejarse llevar por estados mentales negativos o por otro lado, eufóricos...
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