viernes, 23 de agosto de 2024

Senderos de gloria

Ángel era así. Cualquier dolencia que para otro era nada, en él se multiplicaba por siete. Lo arrastraba desde niño. Lo que en otros eran dos o tres días de fiebre vírica, en él eran dos semanas. Aquella vez, al volver del asunto del Pirineo, se pasó dos meses a la sombra por una lumbociática con rectificación dorsal.

¿Qué era eso? Caminar tieso como un poste de la luz durante semanas. Mejoras tan lentas que eran imperceptibles. Aquello lo llevó a la desesperación.

Entonces encontró un sendero. A las afueras, pero cerca de casa. Flanqueado por pinos, quizás centenarios, que moría en lo que fue una edificación y dejó de ser. Ahora solo quedaba el vacío.

Salía al atardecer. El sendero no era gran cosa; más bien era mala cosa. Restos de escombro, tramos con olor nauseabundo a mamífero en descomposición, una cinta policial que aún recordaba un cadáver reciente. Y aun así, era lo más salvaje que tenía a mano. Él no era de parques atestados.

Al llegar al final, justo cuando caía el sol, se recostaba con cuidado sobre un montículo y miraba.

Algunos atardeceres eran normales. Otros, deprimentes. Otros, aún peores. Otros, esperanzadores. Algunos no tenían nombre. Y otros, solo algunos, eran la mejor medicina que ningún galeno supo darle jamás.

Edpukazn, a 23 agosto de 2024

2 comentarios:

  1. A veces la mejor medicina es estar a solas con uno mismo... para entenderse desde la compasión

    ResponderEliminar
  2. Pues sí, y no dejarse llevar por estados mentales negativos o por otro lado, eufóricos...

    ResponderEliminar