Siempre acababa volviendo. Necesitaba paliar la soledad de la forma más cortante posible: rozando el lado más grotesco de la humanidad.
Abrió la puerta con la mirada fija en el reguero de manchas de grasa que iba de la entrada a la terraza. Allí, un grupo de dominicanos bebía cerveza a cubos y devoraba alitas de pollo con sal.
El olor a fritanga y a sudor le abofeteó la cara. De fondo, una bachata chirriante. La banda sonora perfecta. ¿A quién coño se le ocurre ponerle nombre de santo a este sitio? El cartel tendría cincuenta años. Pereza para cambiarlo. Ahorro. O quizá aquello ni siquiera fue un bar y les hizo gracia conservar el nombre. Recordó el bar de marroquíes de nombre Castellanos.
El baño, como siempre, cerrado con sospecha y alguien haciendo guardia fuera. Mucha gente. Mucho griterío, tan molesto como la música. Se hizo con un taburete en primera fila para verlo todo en panorámico. La dueña sonrió con su dentadura esquelética. No pudo evitar reírse y lo disimuló con el saludo.
La china estaba exultante. Bar lleno, gente animada. Las prostitutas, escaneando a la clientela. Y ella. La de los ojos saltones y la mirada al suelo. Siempre le había fascinado. Bebía una tras otra, con la vista clavada en el suelo, como si la gravedad hubiera terminado el trabajo. Jamás había visto unos ojos así.
Cuando se levantó para irse, al pasar a su lado, vio que iba descalza. Los pies negros, hinchados.
No la vio entrar. Nadie la vio salir.
La china le cobró una cerveza de más. No dijo nada.
Edpukazn, a 27 de septiembre de 2026.
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