lunes, 6 de enero de 2025

La Botica

Con apenas metro y medio de estatura y cincuenta kilos de peso, se le hizo complicado el trabajo en la cantera de Zarzalejo y, gracias a un conocido y a la compasión del equipo directivo del monasterio, acabó colocado de limpiador en el complejo palaciego, en la especialidad de ventanas: un total de 2.673 que se repartían entre la cuadrilla de seis trabajadores de la empresa.


Él siempre prefería limpiar las ventanas a cualquier otra labor, pues le daba satisfacción contemplar el brillo con el que las dejaba. Lo hacía solo y administraba el tiempo a su gusto. Al volver caminando a casa, se giraba al llegar al semáforo de la calle Juan de Toledo para ver cómo reflejaban, si la incidencia de la luz lo permitía. Además, formar parte del mantenimiento de una octava maravilla del mundo en su pueblo le henchía de patriotismo.


Cada mañana, cuando se cruzaba con los trabajadores, les decía las mismas frases, a la misma hora y a las mismas personas, como en la película Atrapado en el tiempo, lo cual le daba cierto sosiego y un agradable sentimiento de pertenencia al grupo. Si bien, bajo esta mascarada de sonrisas y cumplidos, su interior clamaba desesperado por su situación familiar. Su mujer, sumida en una depresión desde hacía ya años y medicada hasta las cejas, hacía de la vida en el hogar una tristeza crónica que le acabó contagiando. No vio la luz al final del túnel. Sus quehaceres diarios en el monasterio le servían para distraerse, aunque la angustia le había penetrado en lo más profundo.


Gracias a su pequeña estatura y agilidad, se encaramaba a las ventanas en el filo y sacaba justo medio cuerpo para limpiar el exterior, con una perfecta ejecución en cada barrido del limpiacristales. Pese a llevar treinta y nueve años trabajando en el monasterio, nunca perdió su profesionalidad, al contrario. Sus compañeros le advertían una y otra vez de que cambiara esa forma de trabajar, pues no era de recibo dado el prestigio del edificio, y de que tuviera cuidado, pues ya estaba a punto de jubilarse y no tenía las facultades de cuando empezó, aunque realmente eran casi las mismas.


Aquella mañana estaba terminando los últimos ventanales de la torre de la Botica. Miró hacia abajo, cosa que casi nunca hacía, y en un hueco entre pensamientos se tiró. La pareja de cisnes del estanque no lo podía creer y respondió con un nervioso aleteo.

 

 

Acuarela de Jose Luís Pérez Muñoz, https://dibujando.net/cefo40

Edpukazn, a 6 de enero de 2025

jueves, 26 de diciembre de 2024

Eau de Parfum

 Era cerca de la enésima cita de Jesús con una mujer y aún sentía esos nervios de cuando era un quinceañero. Como de costumbre, llegó un rato antes, se apostó en la barra de un bar cercano y bebió una cerveza mientras trasteaba en el móvil en busca de algo que le distrajera.

Paloma se llamaba. Se puso a divagar y a buscar inspiración al pronunciar su nombre: Paa-lo-maaa. Lo encontró un tanto plano, insípido. Le recordó a Pablo Picasso y a su dibujo de la paloma de la paz de 1949, a su hija Paloma Picasso y a su línea de perfumes. Se olió la bufanda para comprobar que aún olía al suyo y, aunque nada tenía que ver con el francés, le pareció digno y atrayente.

Al encontrarse con Paloma, el corazón le arremetió con fuerza. Le había sorprendido su estampa y se puso contento, aunque controlado. Después de tantos fiascos, no quería hacerse vanas ilusiones.

—¿Qué perfume usas? —preguntó Paloma, agradada por su olor.

—El primero que he cogido —dijo, por no saber el nombre ni detallar su origen de supermercado.

—¡Ah!, pues hueles muy bien.

Se fueron a la barra a tomar unas cervezas. Ambos se fijaron en los gestos y microgestos del otro para buscar esa sintonía, sensaciones o quizás la veracidad en lo que se estaba diciendo. A la tercera cerveza la conversación se distendió y Jesús fue al baño a inspirar, tomar presencia y conciencia de sus emociones. Paloma salió a dar unas caladas al vaper y a la vuelta se encontraron. Decidieron cambiar de asiento para ponerse más cómodos y unir sus cuerpos, que ya ansiaban contacto.

Tras los dos tragos siguientes, la figura de Paloma se transformó de lo mundano a lo divino, a un potente ángel de seducción, una Venus, el amor de su vida, la geometría perfecta de Leonardo da Vinci... Jesús oyó las palabras más inteligentes y apropiadas que jamás había oído de nadie. Se acercó hacia su cuello y, en un arranque descontrolado, la besó, claudicando a su poder de atracción. Adán había mordido la manzana. Sencillamente, no pudo más. Olió su cuello y su boca, perdió la consciencia y se desvaneció. Al recobrarse, preguntó a Paloma si había echado algo en la bebida o en su cuello, al perder la voluntad de esa manera. Un muñeco enamorado y tonto. Ingeniosamente, ella sacó del bolso un diminuto frasco de laca de uñas y lo balanceó como si ahí tuviera la respuesta:

—No, bobo, ni pócima, ni llevo perfume... Es mi olor.



Edpukzan, a 26 de diciembre de 2024 

domingo, 1 de diciembre de 2024

El bar de Abdu

El bueno de Abdu le prepara la shisha a Fátima en su bar del downtown, en la calle Hussein Basha Al Meamari, en El Cairo. Son las 16:55.

De fondo, la megafonía del magreb llama a la oración y llena la escena de sacralidad. Abdu es un hombre sereno, elegante, profesional hasta la médula. Concentrado en lo suyo: servir tés, cafés, encender shishas. Entre sus clientes hay ejecutivos trajeados, lo que contrasta con la humildad franca del local. Pero se entiende. Abdu desprende una paz que es el verdadero reclamo, un respiro en esta ciudad desquiciante.

Enfrente, un hombre jorobado con taqiyah y gafitas de lector coloca cubos rellenos de cemento para que no aparquen los coches y saluda a todo el que pasa. Se mueve como una ardilla. Es un jubilado y su oficio, autoimpuesto, es mantener impoluta esa porción de calle. Ante el más mínimo desorden, pone el grito en el cielo, ya sea para sí mismo o para Alá. Solo aparece por las mañanas, como Abdu, al que releva al atardecer el nubio Mohamed hasta las tres de la madrugada, hora del cierre.

Fátima da una calada larga y enérgica a la shisha. Disfruta del borboteo del agua, de verse envuelta en esa nube espesa de humo y vapor. Es su gran apego, un ritual que repite cuatro veces al día. Sobre las rodillas sostiene el otro: Gugu, su perro del faraón. Tres meses. Una criatura que se debate ahora entre una vida de peligros en El Cairo y otra de chimenea y carantoñas en la lejana Huesca. A Fátima se le escapan las lágrimas ante la pérdida inminente, pero sabe que es lo mejor que puede hacer por él; en casa, el resto de la manada no acepta al pequeño faraón.

Abdu lo intuye todo. Sin decir nada, le prepara otro té con menta a Fátima. Esta vez no piensa cobrarlo.


Edpukazn, a 1 de diciembre de 2024.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Primus inter pares


 

El alboroto iba in crescendo en los momentos previos a la clase. El profesor Óscar Pacheco hizo entrada y allí mismo encontró la apoteosis en forma de bolas de papel danzantes de un lado a otro de la clase y avionetas perfectamente elaboradas que se estrellaban directamente en la pizarra; otras planeaban suavemente en círculo pareciendo ir a cámara lenta. La magia estaba servida. 

Óscar sonrió, se llevó la mano al corazón e hizo una pequeña reverencia en señal de agradecimiento. Con paciencia inusitada, trató en vano de silenciarles. Sólo el tiempo conseguía ese propósito. Cada flujo de frases era respondida con frenesí por sus alumnos, llegando a aplausos compulsivos y hasta silbidos, lo que le hacía retrasarse siempre los contenidos. Unamuniano, compasivo, bondadoso, risueño, monologuista... Les administraba esas píldoras de excentricidad rayano en delirios que a los muchachos les hacía enloquecer. Se sentían comprendidos.

Aquella fría mañana de diciembre, se conmemoraba el doscientos aniversario del fallecimiento del compositor W. A. Mozart. Les hizo escribir en una página en blanco y letras capitales: M O Z A R T, para después hacerla añicos y tirarlos a una papelera que el mismo profesor portaba del brazo. Toda una lección de la impermanencia y desapego. Previamente, hizo sonar en el hilo musical el Réquiem de Mozart, en la secuencia de Lacrimosa, y en augusto semblante, caminó por los pasillos recogiendo los trozos de papel, como en una solemne procesión.

 Al fin lograba ese silencio, incluso más allá.

Edpukzan, 16 octubre de 2024.